Polvareda
A veces me siento como si condujera un tren a vapor que nada tiene como destino final. Pienso que estoy avanzando hacia algún lugar concreto, que cada estación es parte necesaria de un viaje más largo que no llego a vislumbrar en su totalidad porque el terreno es árido y el polvo todo lo envuelve como en una tormenta de arena. Pero esa pérdida de perspectiva en lo que el futuro me depara se hace ovillo en alguna esquina de mi mente y reposa allí, quieta; cada vez más densa y pesada por el peso de un miedo que no reconoce más que incertidumbre en el horizonte. Si bien no quiero pensar en su presencia, la siento en cada fibra de mi ser y repercute en cómo interpreto las cosas que circundan mi inmediatez. Pienso que todo se encuentra destinado a fallar, que un nuevo intento lejos de ser una puerta abierta para probar algo distinto, no es más que otra oportunidad para demostrar cómo todo está destinado a fracasar incesantemente. Una especie de destino fatídico del que me veo presa y al que por más que quiera hacerle frente, su fuerza sobrehumana me deja siempre vencida, de rodillas, con la mirada al ras del suelo y el rostro vuelto hacía el pasado; aquel cementeros de intentos fallidos.
En mis pesadillas, el tren que conduzco arriba finalmente a un sitio en donde las vías destrozadas se mecen fatigadas sobre la punta de un risco, de forma abrupta y sin ceremonias. Siento que el peso de mi mente ya no encuentra sitio en mi cabeza y se ha hecho lugar expandiéndose a lo largo de mi cuerpo, apropiándose de cada célula a su paso en una vorágine de deforestación. Creo que si quisiera flotar no haría más que hundirme, y si pensará que mecerme sería una alternativa más sencilla, me enfrentaría a una realidad que ya no logro asir con mis manos, sino que me arrastra hacia el fondo, porque en función de la materia, el peso de toda mi existencia ya no tiene rival en la física.
En mis pesadillas, el tren que conduzco arriba finalmente a un sitio en donde las vías destrozadas se mecen fatigadas sobre la punta de un risco, de forma abrupta y sin ceremonias. Siento que el peso de mi mente ya no encuentra sitio en mi cabeza y se ha hecho lugar expandiéndose a lo largo de mi cuerpo, apropiándose de cada célula a su paso en una vorágine de deforestación. Creo que si quisiera flotar no haría más que hundirme, y si pensará que mecerme sería una alternativa más sencilla, me enfrentaría a una realidad que ya no logro asir con mis manos, sino que me arrastra hacia el fondo, porque en función de la materia, el peso de toda mi existencia ya no tiene rival en la física.
Photo by Pramod Tiwari

Comentarios
Publicar un comentario