Raquel
Siempre encontré en Raquel una cierta dulzura indolente que poco tuvo que ver con el trato que llegué a tener con ella. Es más, siendo estrictamente sincero, diría que nunca le dirigí la palabra. Nunca oyó de mi boca ni un atisbo de sonido comprensible, ni siquiera una risa nerviosa, de esas que vuelven el silencio mucho más incómodo. Debo admitir que hasta este momento no había considerado la posibilidad de que haya podido pensar que yo era auténticamente mudo. Entre mi atmósfera de extrañeza que empañaba cada uno de mis gestos más pequeños y los ojos esquivos con los cuales recibía el escrutinio de su mirada, yo representaba un acertijo que demandaba una atención minuciosa para ser resuelto, pero que luego de múltiples pistas sin salidas llevaba al tedio de ocuparse de algo sumamente difícil y poco importante. Sin embargo, para mí, ella era todo lo contrario. Podía leerla como si de un libro abierto se tratase. Me sentía desbordado al poder conocerla a través de aquellos destellos de verdad que percibía en los dedos que trazaban silenciosamente las flores bordadas del mantel o aquel ritmo nervioso con el cual hacía sonar la taza de porcelana entre sus manos mientras esperaba que el té se enfriara. Creo que nunca llegué a conocer a alguien de manera tan intuitiva como a ella.
Recuerdo como si fuera ayer aquel ritual de cada jueves que me llevaba a sentarme en los primeros peldaños de la escalera abrazado a la baranda, aguardando ansioso el momento del crujir de pasos sobre la gravilla. Apenas divisaba las sombras proyectadas de soslayo en el piso y las figuras borrosa recortadas por los visillos bordados de la puerta, me lanzaba a la carrera, escalera arriba, mientras escuchaba los tacos de mi madre acercarse hasta el pasillo y el gran pasador de hierro correrse para dar bienvenida a un sinfonía de voces que se saludaban en el aire. Desde la quietud de mi cuarto podía seguir los movimientos de las mujeres; se desplazaban del pasillo de entrada hasta la sala del comedor, luego sus murmullos se alejaban a recorrer la galería del invernadero, siendo este el territorio predilecto de mi madre, para finalmente concentrar sus voces en el espacio de la cocina que las recibía con el aroma de un budín de limón recién horneado. Por mi parte, yo buscaba serenar mis primeros titubeos bajo la detallada inspección de mi rostro en el espejo, pero en mi interior, ya sentía activado aquel tiempo acompasado que me llevaba a presentir el llamado de mi madre antes de que éste ocurriera: “Amor, vení a saludar a Sonia y Raquelita que ya llegaron para merendar”.
Al bajar la escalera, aquellos cuerpos de pura pierna recortados por el filo de la escalera comenzaban a recuperar sus manos, sus brazos, sus hombros, sus cuellos y los ojos de su rostro que me observaban sonrientes. Raquel sonreía de anticipación, porque en cada tarde de merienda reanudaba su misión arqueológica de observar más allá de mis silencios mientras yo sentía como mi lengua se enroscaba sobre sí misma como una serpiente acorralada. Aún al momento de sentarnos a la mesa, sus coletazos castañaban con tanta fuerza contra mis dientes que por momentos sentía la urgencia de intentar acallar el sonido tapando mi boca con ambas manos. Me resignaba sin más a sellar mis labios para contener a la alimaña.
Por eso fue que comencé a leer los labios para no perderme el hilo de la conversación, y de una forma puramente inocente, me vi envuelto en la danza sugerente de los labios de Raquel: acercándose por momentos para luego alejarse con reproches, detenidos de cuando en cuando en un abrazo arrugado o distendidos cual plácidos durmientes apilados. Por momentos, dos hoyuelos intrusos me observaban desde los flancos de su boca; como si fueran dos diminutas puertas trampa que se abrieran para apuntarme con su pistola de balines y yo fuera uno de aquellos juguetes de feria que desfilan por la pasarela mecánica anticipando el tiro de gracia. Otras veces, un débil espasmo hacía danzar su labio superior a un ritmo invariable, especialmente cuando la risa la dominaba por completo y la luz del cuarto parecía posarse sobre aquella hilera de perlas destellantes. ¡Y es que ella se reía con ganas, como si toda su vida dependiera de ello! Cada risa hacía estallar los confines de su rostro y sus rasgos se entregaban dispuestos a aquella explosión de vida, como si participaran de un embrujo que espantaba diariamente los influjos de la muerte.
Todo un mundo cabía en las comisuras de su boca y yo siempre me sentí como un intruso que lo había descubierto por simple casualidad.
Photo by Wesley Carvalho

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