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Siempre que ponemos en perspectiva el alcance actual de los medios masivos de comunicación no podemos sino volvernos historicistas al respecto. Queremos ser críticamente puntillosos con el presente examinando el pasado. Somos arqueólogos del devenir social de la cultura. Nos remontamos hasta la época del expansionismo capitalista, despuntamos las primeras señales del proceso de globalización y teorizamos al respecto de la apertura del comercio exterior en nuestro micromundo occidental. Analizamos sus primeros vicios detectables, como el alienamiento progresivo de las fuerzas de trabajo y la reestratificación social establecida por el antes revolucionario espíritu burgués. El tema histórico de la sistematización de los grupos revolucionarios aún no a encontrado excepciones, y puede que todavía tenga que pernoctar por múltiples derroteros antes de arribar a su justo puerto. Creo que la continuidad ha probado ser, en el indiferente paso del tiempo, una de las mayores debilidades del carácter humano. Sin embargo, sin querer detenerme demasiado en debates políticos de difundido alcance, me gustaría hablar de la nueva realidad social frente a la lectura que éste, nuestro siglo, ha alcanzado luego de evolucionar ininterrumpidamente de la mano de la globalización.

La imprenta dio lugar al mundo a conocer los voluminosos tomos empolvados en las bibliotecas góticas de la erudición cristiana, despejando de esta forma otra de las principales X a las que aún se aferraba el agonizante sistema feudal. El renacimiento, con su foro de diseminación y apertura del paradigma capitalista, trajo consigo el postulado del hombre accional que forja su destino a fuerza de su capacidad de trabajo en pos del ascenso social; sin las cadenas existencialistas de la pirámide feudal, el origen ya no era un impedimento. Claramente que ésto fue el bello programa con el cual la incipiente burguesía publicitaba su legitimación en el poder, sin estar verdaderamente más que dirigido a todos aquellos capaces de competir a sangre fría en el campo de lucha de la oferta y la demanda. El status quo, lejos de verse abolido, había sido reestructurado entorno a una nueva clase dominante con lazos de sujeción que permanecían más facilmente encubiertos en un avistaje superficial de la materia a diferencia de su predecesor. ¿Y cuales fueron las nuevas circunstancias que le otorgaron está ventaja estratégica? El control sobre los nuevos medios de comunicación. Poniendo la información al alcance de todos le permitía a los nuevos dirigentes acercarle al público el recorte de la realidad que validaba su propia permanencia: la comunicación siempre implica un mensaje entre locutor e interlocutor, pero lo que distraídamente se nos escapa de vista es que toda información implica recorte, objetivo e intención. Pensar al fenómeno comunicacional abstraído de su intrínseca realidad social es relegarse a una visión ingenua.

Particularmente me llama mucho la atención en nuestras sociedades actuales cómo se ha originado una simbiosis entre la asimilación de información y la espontaneidad de los procesos globales de comunicación entorno a la importancia de la estética visual. Detengamonos a pensar un momento en la cantidad inimaginable de información a la que estamos expuestos, y de esa información, qué porcentaje denota una asimilación por medio de nuestro sentido predilecto. No por nada se ha comenzado a evidenciar en los principales centros urbanos del mundo la contaminación visual. Frente a una sociedad que vive acelerada por el mismo ritmo desenfrenado de la vida moderna, la instantánea ha logrado ganarse su lugar como principal comunicador. "Una imagen vale más que mil palabras", ¿no es cierto?. Como la idea que trasluce la frase anterior, la sociedad ha encontrado en la evidencia visual su objeto de "verdad" más accesible. No obstante se tiende ha olvidar que toda imagen (tanto gráfica como psíquica en el recuerdo) también es un recorte de la realidad e inevitablemente nunca un referente objetivo de la verdad que anhela volver tangible el sujeto social. Todo recorte es un artificio en cuanto que oculta su condición limitada de realidad. Las mismas puestas en escena de la criminalidad nos han demostrado el dilema frente a la credibilidad de la imagen. Ahora yo les retruco la apuesta con lo siguiente: ¿hasta que punto la "verdad" no es un constructo social de cada cultura? No nos queda más que recorrer las páginas de la historia para entretenernos.

¿Pero qué pasa con la lectura escrita? Creo que nos hemos vuelto tan exquisitos con nuestros parámetros de inmediatez que se ha vuelto una actividad subordinada a la imagen. Hablo a grandes rasgos y en términos de tendencia, quiero aclarar. Hoy es mucho más probable que nos detengamos a asimilar contenidos de una imagen que de un texto que nos demora más tiempo en internalizarlo. Las redes sociales funcionan de ejemplo al respecto. Creo que se nos ha vuelto un verdadero reto atraer la mirada del mundo al tiempo de la lectura cuando prima el "scrolleo" de la procrastinación. Si lo vemos desde la perspectiva del público editorial, no debemos sorprendernos con el auge de la literatura juvenil y su formato serial que ha sido acompañado e incentivado por su contraparte cinematográfica. El dominio de la cultura visual es inminente; y hasta intimidante, agregaría.


Primera versión:
http://alquimianarrativa.blogspot.com/2015/04/dia-11.html


Foto de Lisa Fotios

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