Branquias
A veces deseo dejar de resistirme a las olas que me hunden una y otra vez. Dejar de bracear contra la marea y unirme a ella en ese salvaje abrazo que me despoje de toda conciencia.
Que esa furia de agua salada estrelle su cuerpo en los confines de mis adentros, purificando, saneando mi espíritu fragmentado en imposibles.
Que el salitre acabe con las costras que se solidifican en mis pulmones y me entrecortan la respiración en ahogos; que el oleaje barra a su paso los pensamientos negativos que se ramifican en mi mente con un agarre opresivo.
Que me libere, pues, de esta cárcel solitaria que ha entretejido la angustia para retenerme a penar con ella.
El afuera lo percibo lejano, como una voz hueca que entona sonidos incomprensibles como el cantar de la demencia.
Mi cuerpo flota, pero en la inmensidad de lo profundo; rodeado de estalactitas circulares que danzan a mi alrededor al paso que la superficie se destiñe en las pinceladas de un claroscuro.
Hay algo irrisoriamente liberador en el rendirse a lo que nos embarga. Es aceptarnos imperfectos en nuestros intentos pero valientes en nuestro esfuerzos. No me hundo para perderme en lo inalcanzable, sino para hallarme más fuerte en mi próxima bocanada de vida.
Eso me repito para no olvidarme que aquello que deseo es aún más grande y poderoso que todo esté mar embravecido de tinieblas.
Foto por Drone Trotter

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